Me encantaría decir que soy de otro sitio y me he venido a Madrid a probar suerte con la música, pero lo cierto es que siempre he vivido aquí y que encima hace mucho que abandoné la idea de vivir de esto. Me las apaño para ir a la oficina por el día y cantar por la noche… nooo, no es para tanto, voy a la oficina y mis compis se ríen de mí por mi doble vida, pero con cariño.

Those days
El caso es que hubo en tiempo en que era más fácil, es verdad, porque era profesora suplente de filosofía y trabajaba pocas horas a la semana (cuidado: porque no tenía la jornada completa, ¿eh?, que si no serían muuuchas horas). Incluso antes de eso, trabajaba en la librería en turno de tarde y hasta podía ir a conciertos entre semana. ¡Ja! La cuestión es que tenía más tiempo para componer a mi ritmo (muy bajo _ . _ . _ casi dudoso), y compartía casa con unos compis muy musicales: Víctor tocaba standards de jazz con su guitarra de zurdos –> (foto) y Guille ensayaba dentro y fuera de casa continuamente. Había un piano en el salón y la casa muchas veces estaba vacía.
Después todo se ha complicado un poco, pero José y yo encontramos nuestro rato semanal las tardes de los martes para ir avanzando primero las maquetas y luego las propias grabaciones de Todos mis jardines. Empezamos en abril de 2010 y acabamos en julio de 2011, pasando solo un día por un estudio que no fuera el de casa de José. Un paso lento pero seguro, y posiblemente la única manera de andar el caminito que nos separaba de la publicación del disco.
Así que me reí mucho cuando José me contó este chiste que es un clásico entre los músicos de jazz, pero que puede hacerse extensible como las barras de ducha al resto de los músicos:
Un músico de jazz le dice a un amigo: “¡Primo, que me ha tocao la lotería!”
El otro le pregunta: “¿Y qué vas a hacer con el dinero?”
El músico responde: “¡Pues nada, seguir trabajando hasta que se me acabe el dinero!”